Damien Hirst

Damien Hirst
Damien Hirst, arte con el objeto "a"

viernes, 7 de agosto de 2009

La violencia que surge en el encuentro fallido con el Otro sexo


José Luís Tuñón
EL MAL DE LA MUERTE Algunas consideraciones sobre el cuento del mismo nombre de Marguerite Duras
(primera parte)
Lo primero que llama la atención en este cuento, ejemplar en muchos sentidos, es la firmeza con la que el narrador, o narradora, no hay forma de decidirlo, le indica al personaje, sus intenciones y sentimientos, aún aquellas más propias: a veces como un amo y otras como un oráculo. La voz que narra va dictando las condiciones del asunto del que trata el cuento, que es una fantasía; una fantasía fundada en una ignorancia. Ese modo de conducir el relato, deja la acción en un tiempo indefinido, una particular ambigüedad redoblada por el uso de varios tiempos verbales en oraciones contiguas, como el “debiera” del comienzo, que trasporta una queja que surge de la aspiración que inicia el cuento:
“Debiera no conocerla, haberla encontrado en todas partes a la vez, en un hotel, en una calle, en un bar, en un libro, en una película, en usted mismo, en usted, en ti, al capricho de tu sexo enhiesto en la noche que grita por un cobijo, por un lugar en el que desprenderse de los llantos que lo colman”
Se trata de encontrar lo que no se conoce y aún así, se anhela; aquello que promete todas esas cosas a la vez: el capricho del sexo, el grito por el cobijo y el desprendimiento de los llantos, y además, en todas partes.
El cuento se desarrolla cuando esa aspiración toma la forma de un contrato, un contrato pago que busca dar un trámite a semejante demanda.
Pudiera haberla pagado.
Hubiera dicho: Tendría que venir cada noche durante muchos días.
Y ella accedería, después de todo es la fantasía del que paga, aunque hubiera aclarado que en ese caso, es caro. Pero, a continuación formula la pregunta que funda este asunto y la que muestra el interés que tiene el cuento para el psicoanálisis y, más específicamente, para alumbrarnos sobre la relación de los sexos:
“¿Qué es lo que quiere?”
La respuesta vaga y a la vez precisa: “probar, intentar conocer eso, acostumbrarse a eso, a ese cuerpo…” Ese cuerpo extraño, que tanto porta la belleza como el peligro del alumbramiento de niños, ese cuerpo al que, la familiaridad de la convivencia le ha hecho perder de vista su radical ajenidad, lo que la autora llama la “coincidencia entre esa piel y la vida que encubre”
La ambigüedad de este contrato se refuerza cuando, luego de enunciado el propósito, se afirma que se querría probar muchos días, “Quizás hasta toda la vida”
“¿Probar que?”
Usted dice: Amar
Él quiere saber y poder, y ella concede. Si bien el desconocimiento es una de las vías de esta relación, el cuento marca una diferencia entre dos posiciones: la del hombre que quiere penetrar allí donde no conoce, “Y con tanta violencia como tengo por costumbre” Y la de ella que accede aunque no es seguro que sepa, aunque a veces parece guardarse el secreto de este asunto.
El resto de las condiciones de este contrato fantasmático han sido el tema de los distintos feminismos: “callarse como las mujeres de sus antepasados, doblegarse completamente a usted, a su voluntad, serle enteramente sumisa,” y otras más que no viene al caso enumerar, porque no se trata de repetir el cuento, sino aquello que nos muestra las circunstancias del acceso al Otro sexo, acceso rodeado de condiciones que procuran aplacar un miedo: “de no saber donde colocar su cuerpo ni hacia que vacío amar”
Justamente este cuento es ejemplar por el modo en que reproduce el vacío que el amor envuelve, vacío que no se deja recubrir, ni aún con las condiciones desmedidas del contrato, ya que, la disponibilidad de ese cuerpo que encarna el Otro sexo, genera una paradoja: lejos de procurar el dominio anhelado, sume a nuestro personaje en una desazón peor que la del comienzo.
El desconocimiento, la confusión y la ignorancia, tanto de ella como de él, están en el centro de este encuentro. Ella asume papel que se le asigna: se deja estar, aún desconociendo los ruidos que la rodean, la época del año, aún entregada a un sueño silencioso que acentúa el papel pasivo que consiente. Para él en cambio, esas coordenadas de tiempo y espacio son las referencias básicas de su posición, para afirmarse, para huir, para atacar, para decidir.
Se acentúa la ilusión de que el poder que se le otorga a él es mayor: poder de nombrar, por ejemplo, el aroma que emana de ella: heliotropo y cidro. Pero, para ella, nombrar es indiferente, su lugar en ese sistema de nombres es secundario, esta más cerca de aquello que rebasa el poder de nombrar, aquello que queda por afuera e insiste, para él, como signo de su impotencia.
Aquí la voz que narra parece saber lo que él busca, y se trata de un saber sobre el goce. Supone que de tenerlo, le aliviaría de estar solo y conseguir el acceso a ese cuerpo tendido en su cama, cuerpo que contrató y que ha devenido en signo del goce que se le escapa.
“Tampoco se si percibe el sordo y lejano zumbido de su goce en su respiración, en ese suavísimo estertor que va y viene de su boca al aire exterior. No lo creo.
Ella abre los ojos, dice: Cuanta felicidad.
Usted le pone la mano en la boca para que se calle, le dice que no se dicen esas cosas.
Ella cierra los ojos.
Ella dice que ya no lo dirá más.
Ella pregunta si ellos si hablan de eso. Usted dice que no.
Pregunta ella de que hablan. Usted dice que hablan de todo lo demás, que hablan de todo, excepto de eso.
Ríe, vuelve a dormirse.”
El contrato esta lejos de permitir lo que se buscaba, aumenta su desdicha, convertido en el cazador cazado. El cuerpo ajeno al que esperaba acostumbrarse, dominar hasta convertirlo en cotidiano, sigue sin entregarle su secreto. Cuanto más dispuesto, más ajeno. Quisiera alejarse, volver a su cuerpo y al de los demás, pero ya no puede y llora. Pasa al lado de ella noches enteras mirándola dormir, tocándola eventualmente, pero ninguna respuesta es previsible.
Un día sucede algo: ella lo mira y le dice que el mal se apodera de él, que ya se ha apoderado de sus ojos y de su voz. Cuando le pregunta de que mal se trata, le responde que todavía, no sabe decirlo.
El mal no es otro que ese saber con el que procura acceder a la vida nombrándola, clasificándola, sometiéndola a un régimen que le es ajena: el del significante. Un régimen que guarda el saber en palabras, sonidos organizados en unos discursos, cuyo fin es salvar la brecha que separa el encuentro de los sexos. Ese encuentro fallido, al que Lacan se refirió con la frase: no hay relación sexual.
Esa brecha es inconmensurable, y el saber, aunque impotente, procura salvarla. No importa cuantas noches pase él allí con ella; cuantas veces entre en ella, cuanto conozca cada estertor, cada movimiento de su cuerpo, cuanto aceche los signos. Ella… “es mas misteriosa que todas las evidencias exteriores que usted jamás ha conocido hasta ahora”
Ese misterio introduce aquello por lo cual este cuento nos ofrece elementos para entender la violencia que surge en el encuentro fallido con el Otro sexo.
“Usted debe ser muy hermosa.
Ella dice: Estoy aquí, mire, estoy ante usted.
Usted dice: no veo nada.
Ella dice: Procure ver, está incluido en el precio que ha pagado.”
La voz que narra afirma sin dar mayores precisiones por ahora, que ese cuerpo incita al estrangulamiento, a la violación, las vejaciones, los insultos, los gritos de odio, el desencadenamiento de las pasiones cabales, mortales. Tal es la afirmación tajante, no se nos dice porque, solamente se afirma (1). Quizás aquí deberíamos seguir el consejo de Lacan de no hacer de psicólogo donde el artista desbroza el camino y no lo haremos. Sin embargo no queremos desaprovechar lo que el cuento ofrece al esclarecimiento de nuestro tema. Más aún, cuando el riesgo es hacer un estropicio, metiendo el saber del psicólogo que también está hecho para aliviar el desconocimiento que rige el encuentro con el Otro sexo.
Y quizás así podamos acercarnos a lo que el cuento que nos ocupa llama: el mal de la muerte. Ese mal surge de lo ajeno de ese cuerpo al que ninguna palabra podrá nombrar del todo. Ese cuerpo excita la imaginación al parecer que oculta un goce, y se lo imagina como una vacuola, como decíamos, una bolsa de piel que contiene la vida, porque la piel se ofrece a la investigación, a la mirada, la palpación, el experimento, y por otro lado, la convención generalizada de llamar vida al goce encerrado en esas pieles. Lo ajeno de ese cuerpo incita, llama a tocar, observar, mirar como un naturalista atento, buscando los signos de la vida. Pero son eso: signos, huellas, trazos materiales muertos que no tienen la potestad de encontrarse con ella, cualquiera que sea. Lo que si tiene la potestad de evocarla es ese resto que resiste al nombre, ese resto que encarna la mayor vulnerabilidad, la entrega, el desecho, y que, por tal, incita al crimen. Paradoja mayor de este cuento y de los muchos que tratamos diariamente, especialmente los marcados por la violencia.
“Usted escucha el ruido del mar que empieza a subir. Esa extraña esta ahí en la cama, en su lugar, en el charco blanco de las sábanas blancas. Esa blancura vuelve más oscura su forma, más evidente que lo sería una evidencia animal bruscamente abandonada por la vida, que lo sería la de la muerte.
Mira esta forma, descubre a la vez en ella su poder infernal, la abominable fragilidad, la debilidad, la fuerza invencible de la debilidad sin par.”

José Luis Tuñón participa de nuestro Departamento y es Comodoro Rivadavia el lugar de su residencia y de su práctica.

martes, 4 de agosto de 2009

"Defender la Sociedad"

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2- En una nota reciente en Página 12, el Tato Pavlovsky advertía que el crimen de Patagones de un chico armado en una escuela podría suscitar fenómenos de contagio, fenómenos de imitación. Esta hipótesis nos lleva a Gabriel Tarde y, en particular, a “el Suicidio” de Emile Durkheim donde tal hipótesis, según él, refutada. ¿Cómo pensas la problemática de la acumulación en las ciencias sociales?
Hay acumulación pero se da de manera compleja. No digo que sea simple la acumulación que se produce en ciencias duras. Digo que en las ciencias sociales hay una heterogeneidad de corrientes teóricas (aunque intentos de encontrar la unidad en la heterogeneidad hubo desde la década del cincuenta hasta ahora) Lo que hay —mucho peor– es la desconexión, por ejemplo, con la antropología. La efectiva compartimentación de disciplinas en departamentos que suponen agrupaciones y círculos particulares: en ciencias sociales es muy difícil que se haga una recuperación simplista de Gabriel Tarde. Pero No es difícil que un economista la haga o que un psicoanalista la haga. Los lazos corporativos separan y esa acumulación efectiva no se transmite. En la psicología hay tendencias a miradas reduccionistas de lo social. Pensar a esta altura del partido en imitación a la Tarde pone en evidencia esa compartimentación. Durkehemianamente, yo puedo analizar la ruptura del lazo social, es decir, un nihilismo pasivo, nihilismo cultural, nihilismo real.
-Transpotting urbano-bonaerense.
Absolutamente. La situación de la escuela no es de la escuela; se mató un pibe no es que por imitación se va a matar otro: hay situación de ruptura real, fragmentación simbólica; no hay objetivos trascendentes. Objetivo trascendente no es estudiar metafísica.
-Es Jubilarse.
En la familia, por ejemplo. Pensar de aquí a veinte años, es decir, lo que pensaba un tipo en el Estado de Bienestar del 60 o 70. Un pibe que no puede pensar de aquí a mañana, sea en una villa o de clase media: todos están en el marco de esa crisis de “paraguas morales” como decía Durkheim. La crisis de las instituciones es producto en términos internacionales de la destradicionalización: las instituciones anteriores dejan de ser creíbles y el momento posterior no está presente. Traducción libre de Marx. Las instituciones argentinas nunca fueron del todo creíbles (como puede creer un alemán en sus instituciones) pero un tipo de la década del cincuenta creía más en sus instituciones que un tipo de ahora. Cuando un viejo chorro ve robar a los pibes de ahora dice: “Estos muchachos no tienen acción racional con arreglo a fines”, es decir: ¿Cómo van a hacer eso? “Yo para asaltar un banco tardo tres meses: tengo que buscar al campana, un plano, un análisis de inteligencia previa para ver cuando pasa un policía” “estos locos van a matar o morir” No es un efecto de imitación. Es un efecto producto de un hecho social que se explica causalmente.
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Lucas Rubinich —director de la carrera de Sociología UBA; Profesor titular de las cátedras de Sociología General y Sociología de la Cultura—

domingo, 2 de agosto de 2009

El VEL


El 10 de Agosto, retomaremos las clases del Seminario del Departamento de Investigación sobre la Violencia.
Graciela Ruiz dará la clase, a las 13,30hs.,en la EOL. El tema será " El neonarcisismo o la paranoia social como diagnóstico de la época".
Bien podríamos titularla también "De Alcestes a Roberto Piazza" y que nos disculpe Molière.